División entre los católicos

“La mejor forma en que los cristianos pueden servir la religión no es entregar su suerte a medios políticos y, menos aun, so pretexto del ‘principio del mal menor’ mal entendido, oscilar entre un demonio y otro.(J. Maritain)

 

Se puede decir que, en la realidad actual de la Iglesia, es preciso distinguir entre «católicos políticos» y «católicos evangélicos» en cuanto a que, en su participación en la sociedad civil, los primeros conceden la primacía a los «medios terrenales» y los segundo a los «medios espirituales».

Sin embargo, no obstante que unos y otros comparten idénticos propósitos relativos al bien de las almas y al reinado de Dios, esta «diferencia» ha adquirido un carácter confrontacional al ser «reducida» a una racionalidad práctica, sin mayor consideración de su inteligibilidad filosófica y dogmática.

Esta es una realidad verdaderamente trágica, porque conduce a “hombres que profesan con igual sinceridad la misma fe”, a enfrentarse a propósito de desacuerdos ideológicos, ajenos a la Iglesia que, no pocas veces, terminan siendo violentos e irreconciliables.

Es en este contexto práctico, sin sustento doctrinario, donde se hace presente la mayor dificultad del problema, cual es la «ignorancia de la inteligencia de la fe» actualmente reinante, a todos los niveles, entre sacerdotes y laicos.

Tal es, por ejemplo, el caso de la «verdad de consenso» entendida, según líderes de los «católicos políticos», conforme a las siguientes características.

La verdad no está en ningún lugar específico, ni en textos ni sistemas, sino que se extiende como un «manto» – que se identifica con el amor y el perdón de Cristo – que cubre todas las posiciones humanas, sin distinguir al justo del injusto ni el bien del mal de sus conductas, dado que todos participamos por igual de esa misma vulnerabilidad.

Así entendida, la verdad es algo que solamente se alcanza, desde el conocimiento parcial de cada cual, en el «diálogo» abierto con todas las posiciones teóricas y prácticas – creyentes, agnósticas o ateas – teniendo en cuenta sólo las exigencias de la solidaridad, de la fraternidad y del bien común de todos los seres humanos.

Impregnados de este “espíritu cristiano”, que surgiría no sólo de los cristianos, sino de todos los hombres, sería preciso renunciar a toda pretensión de reducir la verdad a la mera visión de los creyentes o a las exigencias de razonamientos filosóficos que pretenden alcanzan certezas que excluyen y discriminan a los que no concuerdan, las que, en definitiva, sólo expresan arrogancia y soberbia intelectuales.

Siendo así, en esencia, esta “doctrina” sobre la verdad viene a ser como un refugio de la ignorancia, pues la verdad que propone no es nada en sí misma. Es simplemente un ‘nombre’ que se asigna al hecho de ponerse de acuerdo con otros, promediando las opiniones de cada cual, lo que, de hecho, siempre termina siendo un acuerdo mayoritario que deja sin participar a las minorías discrepantes.

Y en tal contexto político cabe preguntar: ¿qué impide la existencia de varias “verdades de consenso alternativas” – de izquierda, centro, derecha y otras – en todas las cuales hay presencia de «católicos políticos»?

Llegados a este punto, triste es decirlo, resulta fácil concluir que esta visión de la «verdad de consenso» viene a ser uno de los ejemplos más patéticos de la ignorancia de la «inteligencia de la fe».

Su único mérito, si así se puede calificar, se reduce a poner en evidencia la vaciedad de una «dialéctica idílica» que, al responder a la pregunta de hace dos milenios, ¿Y qué es la verdad?, reitera el mismo desprecio’ por el Testimonio de Jesús de aquel inquisidor romano ignorante.

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