La crisis de la Verdad

“El mismo acto de fe no es otra cosa que el pensar con el asentimiento de la voluntad… Todo el que cree, piensa; piensa creyendo y cree pensando… Porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula.” (San Agustín)

 

Para la Iglesia, el pensar conforme a la verdad es una condición esencial de su existencia. De allí que, a lo largo de su historia, se haya preocupado intensamente del estudio de la filosofía, procurando establecer con certeza un ‘modo de pensar’ organizado a partir de principios seguros e irrebatibles, para ponerlo al servicio de la teología, de modo que conduzca a un entendimiento «verdadero» de Dios.

Sin embargo, sucede que cuando las filosofías disputan sobre la «verdad», no todas terminan aceptándola.

Por una parte, la «filosofía del ser», originada en Aristóteles y Santo Tomás, ‘afirma’, desde una perspectiva «metafísica», la capacidad de la razón humana para alcanzar el conocimiento ‘objetivo‘ de lo real y concreto, pues entiende que las cosas reales son lo que son, independientemente de lo que pensamos que son.

Por su parte, la «filosofía de la conciencia», originada en Descartes, que domina el pensamiento contemporáneo sin presencia metafísica alguna, «desconfía» de las capacidades humanas para alcanzar la realidad objetiva de que formamos parte, de modo que, para ella, las cosas son lo que pensamos que son según la subjetividad de cada cual.

La consecuencia de esta diferencia radical es la siguiente:

• La «filosofía del ser» lleva a la convicción de que lo que es objetivamente verdad, es verdad para todos y siempre, de modo que todo desacuerdo al respecto supone necesariamente la existencia de un error en uno u otro sentido.

¿Y qué es “objetivamente verdad“? Veamos un ejemplo simple: Si digo que París es la capital de Italia, estoy diciendo una mentira; en cambio, si digo que la capital de Italia es Roma, estoy reconociendo algo que objetivamente es verdad. Y esa verdad no está sujeta a opiniones. En filosofía eso se expresa diciendo:

“La verdad es la adecuación del intelecto a la realidad objetiva”.

• De la «filosofía de la conciencia» se deduce, en cambio, que la verdad es lo que cada cual piensa que es verdad, de modo que, sobre cualquier punto específico, puede haber ‘tantas verdades como personas’. De allí que, en la práctica, la ‘verdad’ consiste en ponerse de acuerdo, no sobre lo que es, sino sobre qué hacer. Eso significa que la “verdad” del acuerdo no es más que la decisión de la mayoría. Eso es lo que se conoce como verdad de consenso.

El problema que plantea esta denominación radica en que, al atribuir el carácter de “verdad” al hecho de un simple acuerdo de voluntades, implica la idea de que se trataría de algo de aceptación general, de modo que, si la voluntad de la mayoría es ‘verdad’, parece legítimo procurar imponerla en la vida social. ¿Qué otro propósito tendría llamarla “verdad“?

Tal es, precisamente, lo que Benedicto XVI identificó como la «dictadura del relativismo».

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