¿Inteligencia o ignorancia?

“La pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”, emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va.” (Juan Pablo II)

 

Visto desde un punto de vista no religioso, sino simplemente intelectual, el diálogo de Jesús y Pilato contrapone dos visiones típicas, no tanto del tiempo en que tuvo lugar, sino más bien, sorprendentemente, de nuestro tiempo.

Se trata del conflicto que enfrenta al «intelecto» con la «voluntad» – rompiendo su carácter complementario propio de la naturaleza humana –, al subordinar el primero al poder ‘pragmático’ del segundo. Es así como en la cultura contemporánea ha llegado a predominar la convicción de que la ‘praxis’ prescinde de la ‘teoría’, el ‘querer’ del ‘pensar’ y la ‘acción’ de su ‘causa’. O sea, estamos presenciando el triunfo de la «ignorancia» sobre la «inteligencia».

En tal contexto, fue justamente la «ignorancia» de Pilato la que cautivó la imaginación del creador y proponente de la llamada ‘teoría de la justificación relativista de la democracia’, el destacado e influyente jurista y filósofo del derecho checo, nacionalizado austríaco, Hans Kelsen (1881-1973).

Kelsen recurre al diálogo entre Jesús y Pilato según el Evangelio de SanJuan 18: 37-38, en el que Jesús le dice: “Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo”, a lo que Pilato le responde con su famosa pregunta “¿Y qué es la verdad?”. Acto seguido, lavándose las manos, entrega a Jesus a la furia de la multitud.

“Porque no sabía qué es la verdad – concluye Kelsen – Pilato llamó al pueblo y le pidió que decidiera; y, así, en una sociedad democrática, es al pueblo a quien corresponde decidir, y reina la tolerancia mutua, porque nadie sabe qué es la verdad.(J. Maritain)

Evidentemente, desde la perspectiva cristiana y, más específicamente, católica – en atención a que la Iglesia Católica otorga especial consideración a la “inteligencia de la fe” –, esta perspectiva “democrática excluyente de la verdad’ constituye una amenaza grave a su propia vida interna, en razón de que los católicos se subordinan tanto a su «autoridad religiosa», en cuanto fieles, como a la «autoridad civil», en cuanto ciudadanos. Dada la confrontación profunda de ambas visiones en la vida diaria de los creyentes, ¿a cuál adhieren en definitiva?

En tal contexto, la alternativa «¿Jesús o Pilato?» aquí enfatizada no sólo es perfectamente legítima, sino que, en esencia, es la única que puede conducirnos a un debate a fondo, abierto, serio y honesto que tal vez — tal vez — pudiera hacer posible una solución auténticamente cristiana del problema.

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