El mal de nuestro tiempo es un mal de la inteligencia

“¡La inteligencia! Esa actividad divina, como decía Aristóteles, ese prodigio de luz y de vida, esas gloria y esa perfección suprema de la naturaleza creada, mediante la cual nos identificamos inmaterialmente con todas las cosas y de la cual depende la rectitud de cuanto hacemos, ¿se podrá, pues, imaginar lo que ocasionaría al hombre la perturbación de esa vida, que es parte de la luz divina que lleva consigo?” (J. Maritain)

 

“El mal que sufren los tiempos modernos es, ante todo, un mal de la inteligencia; comenzó por la inteligencia y ahora ha llegado hasta las más profundas raíces de la inteligencia. ¿Por qué admirarnos si el mundo aparece como envuelto por las tinieblas?

Esta visión del problema, perfectamente aplicable a lo que sucede en la actualidad, la escribió Maritain en 1929, en su libro ‘El Doctor Angélico’, desde un punto de vista estrictamente metafísico, cuando todavía no desarrollaba su perspectiva «humanista cristiana», con la que se internó en la inteligencia de la contingencia contemporánea, y en momentos en que, por una parte, el comunismo ruso recién salía de sus luchas internas que culminaron con la consolidación en el poder de Stalin y en que, por la otra, todavía no habían surgido los totalitarismos nazi y fascista que configuraron, junto a aquel, la “erupción” de las «ideologías del mal» del siglo XX, según la expresión de San Juan Pablo II.

Desde tal ángulo metafísico, la atención de Maritain se centra en la revolución filosófica de Descartes, que se desentendió de lo «real» para reducirlo todo al «pensar», sobre la que emite el siguiente juicio:

“En tiempos de Descartes, mientras se destruyen las jerarquías interiores de los valores de la razón, la inteligencia humana comienza a hacer profesión de independencia tanto con relación a Dios como con relación al ser

“Según esta doctrina, ‘el orden de la inteligencia a su objeto queda destruido‘. Pero nosotros somos tan materiales que apenas podemos comprender la significación terrible, bañada en sangre y en lágrimas, de estas palabras abstractas. Apenas podemos representarnos la inmensa subversión, la enorme catástrofe que esas palabras significan.

“La revolución que comienza con Descartes, que no ha hecho otra cosa que poner en libertad las «fuerzas destructoras», siempre activas en la razón de los hijos de Adán, es un cataclismo histórico infinitamente mayor que los más temibles trastornos de la corteza terrestre o de la economía internacional.”

Atendida la fecha de estas palabras, ¿no resultaron ser «proféticas» de esa especie de cataclismo histórico que resulto ser la segunda guerra mundial y sus secuelas de guerras y amenazas de guerra de exterminio mutuo, así como de asesinatos masivos de seres humanos?

¿Cuáles fueron los síntomas que permitieron a Maritain formular con tal precisión tan amenazante perspectiva?

Fueron tres, todos ellos enraizados directamente en la reforma cartesiana:

El Agnosticismo.

La inteligencia cree afirmar su poder negando y rechazando, tras la «teología», la «metafísica como ciencia», renunciando a conocer la Causa primera y las realidades inmateriales y alimentando una duda, más o menos refinada, que hiere a la vez la «percepción de los sentidos» y los «principios de la razón», es decir, aquello mismo de que depende nuestro conocimiento.”

El Naturalismo.

“Al mismo tiempo la inteligencia desprecia los derechos de la Verdad primera y rechaza el orden sobrenatural, que considera imposible.”

El Individulismo.

“En fin, la inteligencia se deja seducir por el espejismo de una concepción mítica de la «naturaleza humana» que reivindica una autonomía superior, una plenitud de su propia suficiencia, propia de las formas puras, como si tales cosas se nos debieran por estricta justicia.”

Ciertamente, estos males no sólo están plenamente vigentes en nuestros días, sino que es de toda evidencia que su fuerza destructora de la inteligencia humana alcanza niveles verdaderamente trágicos con los intentos actuales de renegar de la naturaleza humana, no ya teóricamente, sino prácticamente, al desconocer con una lógica diabólica su realidad biológica, como si se tratase de un factor sujeto a la libre determinación de cada cual. Y de nuevo las palabras de Maritain resuenan como si hubiesen sido escritas hoy mismo.

Sostengo que estos tres grandes errores son los síntomas de un mal verdaderamente radical, toda vez que atacan la raíz misma, la triple raíz racional, religiosa y moral de nuestra vida.

Al comienzo se hallaban particularmente ocultos y disimulados, en estado de puras intenciones espirituales. Hoy están ahí, centelleantes, opresores, extendidos por doquier. Todos los ven y los sienten, puesto que sus agudos punzones han pasado de la inteligencia a la carne de la humanidad.”

¿Cómo enfrentar este terrible problema?

La solución que ofrece Maritain – que por cierto no tienen nada que ver con las soluciones “prácticas” de los políticos o “intelectuales” de los teóricos del ideologismo anti-cristiano – sólo es posible a través de la inteligencia.

“Es preciso comprender que nada inferior a la inteligencia puede remediar ese mal que la aqueja y que vino por ella; al contrario, la inteligencia misma es quien debe subsanarlo.”

Así, pues, Maritain concluye su razonamiento con las siguientes advertencias que, por no haber sido consideradas en su tiempo, explican claramente el dramatismo de la realidad actual:

Si no se salva la inteligencia, no se salvará nadaLos males que estamos sufriendo han penetrado de tal manera en la sustancia humana, han causado destrucciones tan generales, que todos los métodos defensivos, todos los apoyos extrínsecos, debidos, ante todo, a la estructura social, a las instituciones, al orden moral de la familia y de la ciudad, se encuentran si no destruidos, al menos gravemente quebrantados.

“Todo cuanto era humanamente firme se halla comprometido. Eso, en todo caso, es la mejor prueba de que, en adelante, todo depende de la restauración de la inteligencia. Las verdades metafísicas serán en lo sucesivo el único refugio y salvaguarda de la vida común y de los intereses más inmediatos de la humanidad. Ya no se trata de apostar, cara o cruz. Se trata de juzgar, bien o mal, y de afrontar las realidades eternas.

Mientras no sea restituida la inteligencia, las tentativas de enderezamiento político y social provocadas, en medio del desorden universal, por el instinto de conservación, no evitarán el retorno a un despotismo brutal y efímero.

“Si primero no se restaura la inteligencia, el movimiento de renovación religiosa que se perfila en el mundo no será durable ni verdaderamente eficaz.

Ante todo la Verdad. Desgraciados de nosotros si no llegamos a comprender que ahora, como en los días de la creación del mundo, el Verbo es el principio de las obras de Dios.”

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Dada la gravedad de estas conclusiones, cabe preguntar: ¿Cuál es el grado de conciencia, al menos entre los católicos, sobre esta trágica supresión de la inteligencia que hunde al mundo en la anarquía intelectual y moral?  Podemos acercarnos a una respuesta más o menos certera si dirigimos la pregunta más bien a los católicos que dicen seguir las ideas de Maritain, los llamados “maritainianos”. 

¿Cuál es su nivel de conciencia al respecto? Lamentablemente, este tema no figura en sus agendas, al menos en el contexto latinoamericano centrado en la política, por el simple hecho de que, en la generalidad de los casos, se omite que la filosofía política de Maritain tiene su raíz en la metafísica, de modo que, en la práctica, sin una clara inteligibilidad de la «verdad», la mera contingencia política puede llevarlos a caer, como de hecho ocurre, en la «ideología de la verdad de consenso» que pretende remplazarla.

J. Maritain, SANTO TOMAS, APOSTOL DE LOS TIEMPOS MODERNOS

 

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